¿Y si moverse no es solo hacer ejercicio, sino el camino más directo para volver a tí?
Leí un artículo que decía que científicos de la Universidad de Maastricht demostraron que el movimiento físico activa la memoria de forma casi inmediata, mejorando la consolidación de recuerdos recientes en cuestión de minutos. No horas. Minutos.
Pero no me quedé solo con eso.
Porque la pregunta que me surgió no fue «¿cómo mejoro mi memoria?», sino una más profunda.
¿Qué pasa cuando el movimiento no solo activa recuerdos de ayer… sino recuerdos de quién eres?
Moverse para recordar. Pero no cualquier movimiento.
La neurociencia lleva años estudiando la relación entre cuerpo y cerebro, y lo que nos dice Nazaret Castellanos, investigadora y referente en neurociencia, es que el cuerpo no es el transporte del cerebro. Es parte del sistema. Todo lo que procesas emocionalmente, lo procesas también corporalmente.
Amir Levine, neurocientífico de la Universidad de Columbia, dice: el cerebro es un dispositivo de predicción. Predice lo que va a pasar basándose en lo que ya vivió. Y esas predicciones, esas creencias instaladas, son las que nos limitan. «Hay que mostrarle al cerebro que las experiencias pueden ser diferentes de lo que él cree», explica. Y eso, añade, requiere entrenamiento. Nuevas experiencias. Nuevas sensaciones.
«Recordar quiénes somos (nuestra identidad) no es un proceso intelectual, sino una vivencia corporal profunda que se logra a través del movimiento, la música y el acceso a los instintos». (Rolando Toro)
Nuestra identidad se crea con otras personas.
Aquí es donde el movimiento cobra otro significado. No el movimiento de la rutina. No el del gimnasio en modo automático. Me refiero al movimiento que desactiva el piloto automático. El que saca a la niña o al niño interior de su escondite. El que nos lleva a las emociones y a los instintos antes de que lo cubriera la lógica.
El juego, la danza, el movimiento pleno de sentido. El movimiento «estratégico» y al mismo tiempo espontáneo.
Nuestra parte controladora necesita descanso
Tenemos una parte de nosotros que vigila. Que evalúa. Que se pregunta si está haciendo bien, si está siendo suficiente, si la están juzgando. Es la parte que aprendió a protegerse.
Y esa parte, que nos ha servido mucho, no es la que crea. No es la que siente. No es la que recuerda quiénes somos.
Las investigaciones sobre estados de flujo (Flow), popularizadas por Mihaly Csikszentmihalyi, muestran que en esos momentos de juego pleno, de movimiento sin control, se desactiva la corteza prefrontal, esa voz crítica e hipervigilante. Y cuando eso ocurre, emerge algo más auténtico. Más propio.
Nazaret Castellanos llama «el estado de presencia» a ese en el que el cuerpo y la mente dejan de estar en lugares distintos y vuelven a coincidir.
El entorno lo es todo: la neurociencia del espacio seguro
Todo esto solo ocurre cuando el entorno lo permite. Cuando hay seguridad. Cuando hay confianza.
La seguridad emocional no es un lujo. Es una condición para el aprendizaje, para la creatividad y para el cambio real.
La pregunta no es solo «¿qué hago?» sino «¿dónde lo hago?», «¿cómo lo hago?» y «¿con quién?».
Clima creativo y afectivo como base segura
Cuando realizamos programas de transformación cultural, formaciones, proyectos y eventos creativos y procesos de acompañamiento y reinvención personal y profesional esto es un pilar.
El clima es la base para la transformación e impacto positivo.
Como en el retiro creativo de verano. No es un retiro para aprender cosas nuevas. Es un retiro para recordarte y crear, para volver a ti de una manera que difícilmente ocurre en el día a día.